En mi familia somos cuatro hermanas, dos somos psicólogas (las dos mayores) y dos son abogadas (las dos menores). Podríamos decir que, mis hermanas y yo, elegimos ser especialistas en ayudar a resolver problemas. Y, aunque a primera vista, podría parecer que los problemas que ayudamos a resolver son de naturaleza distinta, me atrevo a pensar que en realidad tienen mucho en común, pues tanto los asuntos legales como los emocionales y relacionales, son situaciones que afectan profundamente la calidad de vida de las personas.

En mi experiencia de más de quince años apoyando firmas legales con sus necesidades de gerencia de talento, he llegado a confirmar que nuestras profesiones tienen mucho en común, que los mejores abogados muchas veces podrían ser excelentes psicólogos, y que pensar un poco más “como abogada” (analizando bien la situación, valorando las posibles consecuencias, etc.), me ha ayudado muchas veces a tomar mejores decisiones.

Las personas que eligen el Derecho como profesión buscan, en general, tener la posibilidad de influenciar personas y sistemas, motivados por un sentido de justicia. También, la experiencia me ha mostrado que quienes aman el derecho les apasiona saber y entender; y los mejores cuentan con una curiosidad intelectual que los distingue. También tienen gusto por controlar, claro, pues la ley está para ordenar y es necesario controlar ese orden. Por eso muchas personas abogadas tienen tanta pasta para la política.

Ahora bien, ¿qué quieren las nuevas generaciones del Derecho? Como prácticamente todas las demás profesiones, la práctica legal no escapa del interés de los más jóvenes de contar con un mejor equilibrio entre las demandas del trabajo y sus intereses personales, flexibilidad de tiempo y poder trabajar de forma remota cuando se pueda. No se impresionan por los brillos de las clásicas oficinas elegantes de antaño, ni sienten tanto orgullo por subir un escalón al año, en la clásica jerarquía tradicional de las firmas legales.

Los más jóvenes quieren traer la innovación tecnológica a la práctica legal, así como modelos operativos ágiles, y quieren rescatar el rol del profesional en Derecho en el diseño de la política pública que necesitamos para que el país prospere durante los próximos 30 años. También quieren que su trabajo sirva a un propósito superior, además de producirles mucho éxito, pero contribuyendo al bienestar de las personas y a que el mundo sea mejor.

Eso sí, todo esto está en proceso y, como cualquier período de cambio, es incómodo para algunas personas en la práctica legal que a veces les cuesta encontrar su identidad profesional en este impasse. También, es un reto para las firmas legales, para la institucionalidad, para la academia, etc., pues deben reinventarse, en cierta medida, como organizaciones.

No sé qué ocupación irán a querer nuestros hijos, quizás sigan la tradición familiar o quizás las profesiones hayan cambiado para entonces, y ser “abogado” o “psicólogo” sea cosa del pasado. Lo que sé es que la pasión por la justicia siempre va a atraer a muchas personas que quieren sociedades equilibradas, y soy muy optimista de las transformaciones positivas que juntos, los mayores y los menores, podemos materializar colaborando.

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